Hay historias que explican por qué los 101 kilómetros de la Legión son mucho más que una prueba deportiva. Entre miles de corredores, retos personales y esfuerzo, aparecen ejemplos de superación como el de Francisco Becerra, un rondeño de 72 años que afrontará esta XXVI edición su cuarta participación en la carrera más emblemática de la ciudad.

Hace apenas unos años, Francisco nunca habría imaginado verse recorriendo senderos, participando en carreras populares o cruzando metas después de horas de esfuerzo. Su vida era muy distinta. Durante años sufrió problemas de alcoholismo, una situación que afectó profundamente tanto a él como a su familia. “Mi vida fue muy mala. Mi mujer y mis hijas lo pasaron muy mal”, recuerda todavía emocionado.
Tras un largo proceso personal y más de dos décadas alejado del alcohol y del tabaco, Francisco consiguió rehacer su vida. El deporte apareció después, casi por casualidad, durante la pandemia. Fue en 2020, cuando las restricciones del COVID comenzaron a permitir salir a hacer ejercicio, Francisco que siempre ha destacado por su energía, la pandemia y estar 24 horas encerrado entre cuatro paredes, le supuso un reto psicológico: “Vi en la televisión que los deportistas podían salir una hora a la calle y me dije: pues yo también voy a salir”, cuenta entre risas.
Lo que empezó como simples paseos terminó convirtiéndose en una pasión. Primero comenzó andando, después trotando y finalmente corriendo. Su primera carrera fue en Montejaque, una prueba de algo más de 14 kilómetros. Desde entonces, el deporte pasó a formar parte de su día a día.
“Esto es vida”, asegura convencido. “No hace falta hacer 101 kilómetros, pero salir a andar, aunque sea cinco kilómetros diarios te cambia la vida”.
Desde aquel momento no ha parado. Ha participado en numerosas carreras populares y en las cuatro pruebas que organiza La Legión como La Africana de Melilla, La Cuna de Ceuta o La Desértica de Almería. En todas ellas ha dejado claro que rendirse no entra en sus planes. En Almería, por ejemplo, terminó la carrera lesionado después de arrastrar molestias durante más de diez kilómetros. “Había venido hasta allí y mi medalla me la llevaba”, afirma.

Pero si hay una prueba especial para él son los 101 kilómetros de Ronda. La primera vez terminó completamente agotado y tardó más de 21 horas, incluso quedándose sin luz durante parte del recorrido nocturno. Aun así, logró cruzar la meta. Desde entonces ha ido mejorando sus tiempos año tras año.
Francisco asegura que el secreto está en la cabeza. “Cuando el cuerpo no puede más, la mente es la que tira de ti”, explica. Para él, llegar a meta ya es una victoria, independientemente de la posición.
Conocido ya por muchos vecinos y corredores de la ciudad, Francisco se ha convertido en uno de esos rostros populares que representan el espíritu de los 101 kilómetros. Allí donde compite recibe el cariño de la gente y el apoyo constante de su familia, que incluso ha creado un pequeño “Club de Fans Abuelo Paco” para acompañarlo en cada prueba.
A pocos días de una nueva edición de los 101 kilómetros, Francisco Becerra volverá a colocarse el dorsal con la misma ilusión que el primer día. Y lo hará llevando consigo una historia de esfuerzo y superación que demuestra que nunca es tarde para empezar de nuevo.
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