En Puerto Saúco, en pleno entorno rural, se encuentra Casa La Fanega, una vivienda muy alejada de los modelos tradicionales de atención a personas con diversidad funcional. Aquí no hay instituciones, sino hogar y familia.
Detrás de este proyecto está Ani González, quien ha convertido una iniciativa personal en un ejemplo de inclusión y convivencia. Su trabajo ha sido recientemente reconocido por la Diputación de Málaga por sus buenas prácticas.
Casa La Fanega es, ante todo, un proyecto vital y familiar. En ella conviven menores y mujeres adultas con diversidad funcional en un entorno donde participan activamente en el día a día: desde las tareas domésticas hasta actividades ligadas al mundo rural, como el pastoreo de ovejas o el cuidado del huerto.
La idea comenzó hace más de una década, cuando Ani González trabajaba con menores en riesgo de exclusión y comprendió la importancia del entorno familiar en su desarrollo. Años después, esa inquietud derivó en su decisión de convertirse en familia de acogida especializada en diversidad funcional.
En 2019, el proyecto dio un paso más al reunir en un mismo hogar a parte de su propia familia, también con diversidad funcional, creando así un modelo de convivencia basado en el apoyo, la autonomía y el bienestar emocional.
El día a día en La Fanega es una combinación de las rutinas de cada integrante. Las mañanas comienzan temprano para organizar la jornada, mientras que las tardes se centran en actividades que refuerzan la autonomía y el vínculo con el entorno. El contacto con el campo, según Ani González, refuerza en el estado de ánimo y la calidad de vida de las personas.
El proyecto busca romper tabúes y demostrar que la diversidad funcional también tiene cabida en el medio rural. “El derecho es de la persona, viva donde viva”, defiende, insistiendo en la necesidad de que los recursos públicos lleguen también a estos entornos.
Casa La Fanega no aspira a crecer, sino a que otras familias puedan replicarlo en otros lugares, ofreciendo nuevas oportunidades a familias y personas que buscan una alternativa más humana en esa inclusión en la sociedad.
Además, el proyecto pone en valor el papel del medio rural como espacio de vida, cuidado y sostenibilidad, recordando que su conservación también depende de quienes lo habitan y lo trabajan cada día.





