
El pasado 9 de febrero se cumplieron 70 años del fallecimiento de Fray Leopoldo de Alpandeire, una de las figuras religiosas más veneradas. Con motivo de esta efeméride, acudimos a Alpandeire, su pueblo natal, donde hemos querido recordar el legado del beato y la profunda devoción que sigue despertando dentro y fuera de nuestras fronteras.
En el baptisterio de la Parroquia de San Antonio de Padua, junto a la pila donde fue bautizado apenas seis días después de nacer, la alcaldesa, María Dolores Bullón, nos destaca el orgullo que supone para el municipio contar con “el personaje más ilustre” del pueblo. “Para Alpandeire lo significa todo”, asegura. Recuerda su sencillez y cómo daba a los más necesitados lo poco que tenía. “Viene gente de muchos sitios, incluso de América del Sur, para conocer dónde nació y dónde se crió”, explica.
Mientras que en Granada, donde reposan sus restos, la devoción se vive con especial intensidad cada día 9 —y especialmente el 9 de febrero—, en Alpandeire la fecha más señalada es el 24 de junio, día de su nacimiento. Ese día el pueblo se engalana, se celebra misa y se procesiona su imagen por las calles. Desde su beatificación, los vecinos pueden sacarlo en procesión, una jornada que, según la alcaldesa, se vive “con mucha ilusión y mucho fervor”. Además, la iglesia custodia una reliquia que fue entregada por el obispo de Málaga tras la beatificación.

Gaspar Mena, sacristán de la parroquia, resume así su figura: “Para los creyentes fue un gran santo; para los que no creen, una excelente persona”. Fray Leopoldo vivió en Alpandeire hasta los 33 años. Procedente de una familia humilde dedicada al campo, cada mañana acudía a la iglesia antes de ir a trabajar. Se cuenta que, cuando iba a las campañas de siega a la campiña de Jerez, repartía por el camino el dinero ganado entre los más pobres, e incluso llegó a entregar sus alpargatas a quien las necesitaba, regresando descalzo al pueblo.
Tras dejar Alpandeire, pasó por Antequera y Sevilla antes de establecerse definitivamente en Granada como fraile capuchino, donde se dedicó al cuidado del huerto y a pedir limosna para los necesitados. Su fama de hombre caritativo fue creciendo con los años. Muchos devotos aseguran haber recibido gracias y favores por su intercesión, y esa devoción, lejos de disminuir, continúa aumentando.
Uno de los lugares más visitados es la casa natal, gestionada por Jerónima Sánchez, descendiente directa de la familia. La vivienda, conservada con esmero, mantiene muebles y enseres originales, como la cama donde nació o la piedra que utilizaba como almohada cuando regresaba ya como religioso y prefería dormir en el suelo, en señal de austeridad. “Decía que había personas que no tenían dónde cobijarse y él no quería dormir en una cama”, relata emocionada.

La casa, abierta al público desde hace doce años, recibe visitantes de numerosos puntos de España e incluso del extranjero. En una de sus estancias se ha habilitado una pequeña capilla con una reliquia enviada desde Granada, donde los devotos pueden rezar en un ambiente íntimo y cercano. “Aquí se siente algo especial”, afirma Jerónima, que asegura encomendarse a “Tito”, como lo llaman en la familia, en los momentos difíciles. Fray Leopoldo, un hombre humilde que dejó una huella imborrable y cuyo ejemplo de sencillez y entrega continúa traspasando fronteras.




